
I. La mujer que rompió el frasco de alabastro y el choque con la justicia secular
En el capítulo 26 de Mateo se describe la escena en la que, estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, una mujer rompió un frasco de alabastro con un perfume muy costoso y lo derramó sobre la cabeza del Señor. Desde la perspectiva cultural y social de la época, dicha mujer se hallaba en una posición vulnerable, casi como un bien que se incluía en un inventario de propiedades. Además, en Lucas 7 se menciona a una mujer pecadora que ungió al Señor con perfume y le lavó los pies con sus lágrimas. A pesar de las valoraciones sociales que la señalaban y excluían, esta mujer reconoció el amor incondicional de Jesús y le ofreció con gozo lo más valioso que tenía. A ojos de los discípulos, aquel gesto parecía un derroche; en especial, provocó la ira y el descontento de Judas Iscariote.
Los discípulos argumentaban que aquel costoso perfume podría haberse vendido para ayudar a los pobres (Mateo 26:8-9). A primera vista, esta propuesta parecía justa, lógica y realista. Sin embargo, aquello que de verdad necesitaban comprender era la esencia de la “sobreabundancia de amor” que Jesús había mostrado, un amor que puede parecer un despilfarro si se mide con parámetros meramente humanos. Ciertamente, ayudar a los pobres forma parte del corazón de Dios; es una obra justa y hermosa, pero los discípulos mostraban más bien un deseo de autojustificación. Según Juan 12:6, Judas, quien estaba a cargo de la bolsa de dinero, sustraía con frecuencia de ella. Esto deja ver que su indignación no se originaba en un auténtico amor por los necesitados, sino en su propio interés y manera torcida de pensar. Poco a poco, al no comprender el valor de ese amor incondicional y aparentemente irracional, Judas fue cerrando su corazón.
Al reflexionar en esta escena, el pastor David Jang subraya que “incluso los discípulos, que se hallaban tan cerca de Jesús y su amor, no lo entendieron, y esto desembocó en la traición de Judas”. Estar cerca del Señor es una gran bendición, pero a la vez exige constante vigilancia. Cuanto más se oye y se ve de cerca a Jesús, más se experimentan su gracia y amor, pero si no se comprende la faceta “excesiva” de ese amor y se lo enjuicia según criterios mundanos, pronto surgen grandes malentendidos. El hecho de que el propio Judas, a quien se le confió la importante labor de manejar el dinero y servir al Maestro, terminara dominado por una “justicia” humana y por la codicia, llegando a vender a Jesús, es una trágica lección para nosotros.
La pregunta de los discípulos, “¿Para qué este desperdicio?” (Mateo 26:8), representaba una reacción de incomprensión ante un amor tan grande y profundo que supera cualquier conocimiento o medida humana. A la vez, anticipaba el desenlace extremo de vender al Señor por treinta monedas de plata. Mientras la mujer vaciaba sin reparo el perfume costoso para expresar su amor, los discípulos —sobre todo Judas— lo veían como un “despilfarro” y “se indignaban”. Aquellos que, en teoría, debían recordar cuánto habían sido amados y cuidados por el Maestro, de pronto se olvidaron de la gracia que habían recibido de Él. De manera similar, en ocasiones, incluso cuando profesamos fe en el Señor, intentamos medir el amor de Dios con criterios terrenales. Aunque lo justifiquemos alegando que es “más razonable” o “más práctico”, en la perspectiva del reino de Dios eso puede llevarnos a perder de vista la gloria verdadera de ese amor.
El pastor David Jang advierte que esa actitud puede repetirse fácilmente en nuestra vida de fe. Por eso, insiste en que, ante el amor de Jesús, que puede parecer un “despilfarro sagrado” o una “locura”, no debemos responder con burla, sino con reverencia. Desde la parábola de los obreros de la viña (Mateo 20), pasando por la del hijo pródigo (Lucas 15) y llegando hasta el libro de Job, la Biblia revela una y otra vez un amor divino que puede parecernos ilógico o desproporcionado. Sin embargo, ese amor nace de la voluntad absoluta y sin condiciones de salvarnos, superando por completo nuestro razonamiento e imaginación. Es la verdad en la que debemos apoyarnos y el camino de vida que debemos seguir.
Al final, frente al hermoso y entregado amor que mostró la mujer con el frasco de alabastro, la “justicia” terrenal de Judas y los demás discípulos se distorsionó. Fue bajo la excusa de “hacer el bien” y con el pretexto de “proveer mejor a los pobres”, e incluso con la percepción de que “esta persona conduce a la gente por un camino equivocado”, que comenzó a gestarse un plan para eliminar a Jesús. Como resultado, Judas lo vendió por treinta monedas de plata —una cantidad muy baja— y, al hacerlo, destruyó también su propia alma.
II. La traición de Judas y el amor incondicional: Reflexiones del pastor David Jang
El hecho de que Jesús haya sido entregado por treinta monedas de plata se ha convertido en el símbolo más doloroso de traición en toda la historia de la humanidad. En el libro de Génesis se narra cómo José fue vendido por veinte monedas de plata a manos de sus hermanos (Génesis 37:28). Aun así, la historia de José concluye mostrando cómo Dios transforma incluso esa traición en bien. Sin embargo, en el caso de Jesús, el peso de la traición es mucho mayor y más profundo, porque Él, siendo inocente, eligió voluntariamente el camino de la cruz para expiar el pecado de la humanidad. Al aceptar aquellas treinta monedas de plata, Judas materializó la confusión y la desconfianza que crecían en su interior, sumadas a sus motivos egoístas. No importó lo cerca que había estado del Señor; desde el momento en que distorsionó con criterios mundanos el amor de Cristo, su alma se resquebrajó.
Jesús sentía gran confianza hacia Judas. Le había encomendado la bolsa de dinero, algo que deja ver la fe que depositaba en él. Aquello no supuso un “error al elegir a la persona”, pues Jesús amó a sus discípulos hasta el fin (Juan 13:1). Sin embargo, la disposición de cada uno para recibir ese amor determinó su resultado. Para algunos, ese amor se convirtió en una fuerza transformadora que cambió por completo su ser; para Judas, terminó siendo una carga difícil de aceptar y un motivo de queja. El pastor David Jang comenta: “El amor de Jesús es total y sin justificaciones, pero si intentamos recibirlo e interpretarlo de forma parcial, se genera una distorsión”.
En la perspectiva humana, el amor constante y la gracia de Jesús pueden parecernos “demasiado ingenuos” o “injustos”. Si recordamos la parábola de los obreros de la viña, el dueño paga lo mismo tanto a los que trabajaron todo el día como a los que solo lo hicieron al final de la tarde. Para muchos, esto se ve “desigual” o “injusto”. En la parábola del hijo pródigo, el padre organiza una gran fiesta para celebrar el regreso del hijo que había malgastado toda su herencia, lo que parecía un acto “ilógico” a los ojos del hermano mayor, que siempre había permanecido fiel. Todas esas escenas ponen de relieve que el amor del Padre celestial rebasa nuestra lógica y sentido común.
El gran error de Judas fue tratar de medir el amor de Cristo con la vara de lo razonable. Quizá él pensó: “Si de veras este hombre va a instaurar el reino de Dios, no debería permitir cosas tan derrochadoras como la de romper el frasco de alabastro. Tendría que actuar correctamente y destinar esos recursos a los pobres para que su amor sea más efectivo”. Pero el amor que Cristo mostró a los pecadores, a los que parecían no tener valor, podía interpretarse desde el punto de vista del mundo como un desperdicio absurdo. Sin embargo, ante los ojos de Dios, ese amor “excesivo” era nada menos que un “desperdicio sagrado”: la expresión absoluta de su amor salvífico.
Tras el incidente del frasco de alabastro, Judas se dirige a los sumos sacerdotes (Mateo 26:14-16). Les pregunta: “¿Cuánto me daréis si os lo entrego?”. Es una pregunta terrible y amarga, como si vendiese a un esclavo. El precio acordado fue treinta monedas de plata, un valor irrisorio. Judas, el discípulo que Jesús tanto amó, estaba dispuesto a entregar así al Maestro. Quizá pensaba: “Sí, esta persona conduce a la gente por mal camino. No coincide con la justicia que debemos procurar en el mundo”. Cuando no comprendemos el sentido y la fuerza del amor, podemos rechazarlo y concluir: “Está equivocado, debe ser eliminado”. La traición de Judas constituye la forma más extrema de este rechazo al amor.
Pero, tras entregar a Jesús, Judas acabó enfrentándose a la voz de su conciencia (Mateo 27:3-4). Al percatarse de que había vendido sangre inocente, trató de devolver las treinta monedas a los sumos sacerdotes, confesando: “He pecado entregando sangre inocente”. Lo que antes consideró un medio para alcanzar sus fines se convirtió en su perdición. Su arrepentimiento llegó demasiado tarde. Fue tal su remordimiento que terminó ahorcándose. Viendo este desenlace, el pastor David Jang se pregunta: “¿De verdad Judas no habría podido regresar al Señor?”. El relato del hijo pródigo revela que un hijo que lo ha malgastado todo puede volver y encontrar los brazos abiertos de un padre que celebra su regreso con un banquete. Jesús amó incluso a sus enemigos y perdonó a quienes se burlaban de Él desde la cruz. Sin embargo, Judas se cerró ante ese amor incondicional, convencido de que no tenía remedio. Pero si se hubiera arrepentido y vuelto a Jesús, este lo habría perdonado. No podemos olvidar ese hecho: el amor del Señor no se rige por la medida humana ni se interrumpe de forma definitiva.
La actitud de Judas nos invita a examinarnos. Aunque asistamos a la iglesia y escuchemos la Palabra de Jesús, podemos distorsionar y criticar su amor desde parámetros mundanos. Asimismo, si en algún momento nos hemos desviado del Señor, siempre permanece abierta la posibilidad de volver. Tal como el padre del hijo pródigo corrió a abrazarlo cuando regresó, el amor de Dios sigue aguardando por nosotros.
III. El desperdicio sagrado y la cruz: el camino que Judas perdió y el que hemos de seguir
Muchos de los que encontraron a Jesús, en especial recaudadores de impuestos, prostitutas y marginados, experimentaron vívidamente hasta qué punto Su amor se brinda sin condición alguna. Según la ley y la convención social, eran pecadores y carecían de valor. Sin embargo, Jesús los miró a los ojos y les ofreció su compasión y su gracia. El reino de Dios, que inaugura Jesús, supera nuestro entendimiento y conocimiento; muchas veces puede parecernos un amor injusto o un gasto excesivo. Sin embargo, esa culminación del amor, demostrada en la muerte y resurrección del Señor, constituye el punto más alto de la historia de la salvación.
El pastor David Jang afirma: “La cruz es el mayor desperdicio sagrado y, a la vez, la prueba del amor más profundo”. ¿Cómo puede ser que el Hijo de Dios, inocente, haya derramado su sangre para salvar a pecadores? Desde el punto de vista del mundo, es un disparate. Pero, sin ese “despilfarro”, no habría forma de librarnos del juicio eterno por nuestros pecados. Justamente esa entrega, que parece absurda y desmedida, es el plan de salvación de Dios y la expresión absoluta de su amor a la humanidad.
Judas nunca llegó a comprender este “desperdicio sagrado”. No se dio cuenta de que el episodio con el frasco de alabastro estaba conectado con la entrega total que Jesús haría en la cruz. Con su acto, Judas preparó la vía para que Cristo fuera apresado, sin saber que, en realidad, estaba allanando el camino hacia la cruz, donde se mostraría en todo su esplendor el amor de Dios. Judas había considerado la entrega total del Señor como un “acto insensato” que merecía ser eliminado, pero Dios utilizó incluso esa traición para consumar la salvación. Mediante la sangre derramada en la cruz, Jesús abrió el camino de la vida eterna para toda la humanidad.
La pregunta es: ¿cómo responderemos a este amor? Si seguimos aplicando nuestro criterio mundano, jamás podremos entender el sentido de la cruz. Por ello, cuando desaparece la fe, nuestro razonamiento humano puede cegarnos aún más. Cuando en Génesis Dios ordena que no coman del “árbol del conocimiento del bien y del mal” (Génesis 2:17), la advertencia es también a no pretender, con nuestro propio entendimiento, decidir qué es bueno y qué es malo. Más bien, debemos obedecer su palabra y permanecer en el amor que Él da. Sin embargo, con frecuencia caemos en el error de pensar: “¿Es correcto este tipo de amor? ¿No es demasiado ineficaz?”. Al dudar de la guía perfecta del Señor, caemos en pecado y sufrimos una ruina espiritual. Pero, al mismo tiempo, tarde o temprano descubrimos el vacío y dolor de vivir sin Él.
El pastor David Jang comenta que “traicionar al Señor no consiste únicamente en negarlo con palabras, sino en rechazar su amor con criterios seculares, ridiculizar la entrega incondicional y despreciar la devoción que nace de la fe”. El amor se consolida en la profundidad de la relación, lo cual implica necesariamente “gastar el tiempo” y asumir sacrificio. Es fácil comprobarlo en la relación de padres e hijos: la crianza exige una dedicación infinita de tiempo y energía. Sin embargo, los padres no lo consideran un gasto inútil; es un gozo. Cada instante del crecimiento de un hijo está marcado por el amor que, a su vez, llena de alegría el corazón de los padres.
Del mismo modo, Jesús cuida a sus discípulos y a nosotros con un amor sin condiciones, y a veces pareciera que somos “niños inmaduros” a quienes acoge y protege, sin fijarse en nuestro mérito. Ese es el “desperdicio sagrado”. Judas malinterpretó la esencia de este amor. Según su propia lógica, llegó a la conclusión de que “no puede permitirse que esto siga así”, y lo canjeó por treinta monedas de plata. Ni siquiera logró la justicia terrenal o la ganancia que buscaba, y terminó en una desesperación tan honda que se quitó la vida.
Sin embargo, la historia no acaba allí. Más bien, en medio de esa tragedia se desvela el misterio de la salvación de Dios. El Señor utilizó incluso la traición de Judas para encaminarse a la cruz, y mediante la sangre derramada en ella brindó vida eterna a sus hijos escogidos. Esto demuestra que, por grave que sea nuestro pecado, el amor de Dios no se quiebra ni se extingue. Aunque hayamos caído y traicionado al Señor, si nos arrepentimos y volvemos a Él, nos recibirá con los brazos abiertos.
Este tiempo de Cuaresma nos invita a meditar en ese amor incondicional y ese camino de sufrimiento. Delante del Señor, debemos romper nuestro orgullo y nuestro saber mundano. A veces hará falta, como la mujer del frasco de alabastro, derramar todo nuestro ser ante Él. Aunque voces frías y sarcásticas señalen que es un “despilfarro”, debemos responder con fe: “Es un desperdicio sagrado para el Señor”. La senda de la cruz puede parecer un derroche, pero es el único camino de vida. Si seguimos ese camino con confianza plena en el amor del Señor, jamás nos arrepentiremos de nuestra decisión.
El pastor David Jang concluye animándonos: “Cuando ofrecemos todo lo que tenemos al Señor, el mundo puede burlarse y llamarlo ‘despilfarro’, pero Jesús lo recibe como la ofrenda más hermosa. Sentarse a los pies del Maestro, como María; romper el frasco de alabastro, como la mujer pecadora; o volver a los brazos del Padre, como el hijo pródigo: estos son los actos que evidencian la realidad del reino de Dios, proclamada en el evangelio”. Contemplemos la trágica historia de Judas a manera de advertencia, pero sin caer en la desesperación; antes bien, aferrémonos al amor del Señor con confianza. Ese amor es eterno, jamás se rinde con nosotros y, en última instancia, nos transforma para que seamos testigos preciosos en el reino de Dios.
En definitiva, la elección es nuestra. Podemos seguir el camino de Judas, declarando que “este amor es irracional” y traicionando al Señor, o podemos seguir el camino de la mujer que rompió el frasco de alabastro, convencidos de que “este amor es tan maravilloso que vale la pena darle todo”. Incluso si en algún momento elegimos el camino equivocado, siempre tenemos la puerta abierta para volver a Jesús. Él no desecha ni a una sola persona que se arrepiente. ¿Cuál será nuestro camino? ¿Perderemos la gloria del reino de Dios por aferrarnos a unas pocas monedas de plata? ¿O comprenderemos la profundidad del amor de Cristo y viviremos en esa misma senda de entrega? Nuestra respuesta a estas preguntas constituye nuestra confesión de fe y el compromiso práctico que ha de manifestarse día a día en nuestra vida.
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